"En la casa de los Maheu, en el número 16 del segundo cuerpo, no se había movido nadie. Espesas tinieblas envolvían la única habitación del primer piso, como abrumado bajo su peso el sueño de los seres que se adivinaban ahí, amontonados, con la boca abierta, destrozados por el cansancio. A pesar del frío intenso del exterior, el aire enrarecido tenía un calor vivo, ese aliento caluroso de los cuartos que huelen a ganado humano."
Con la llegada de la revolución industrial a mediados del siglo XVIII, la humanidad fue testigo de un aumento en la productividad que aún hoy en día no tiene parangón en la historia. La aplicación de los principios de la máquina de vapor, posteriormente sistematizados rigurosamente en la ciencia física de la termodinámica, llevó a que la aplicación de los novedosos descubrimientos tecnológicos incrementaran exponencialmente los rendimientos del trabajo, sí, pero sobre todo del capital. Y es que técnica ha existido siempre, pero la inversión en ella no siempre ha ofrecido réditos seguros. Más si cabe cuando la estructura de la producción de épocas pasadas se sustentaba en el factor trabajo a coste casi cero por medio de la esclavitud o la servidumbre. Solo sería a través de la confluencia de un conjunto de causas —entre las cuales pueden destacarse la importancia creciente de los nichos urbanos como favorecedores del comercio y, por tanto, de la acumulación de riqueza, el nacimiento de una incipiente clase social nueva producto del estado de cosas anterior y, en el seno de esta nueva clase social, o más bien en las interacciones entre esta nueva clase social, la burguesía, y la que anteriormente acaparaba las riquezas, la nobleza, el surgimiento de una clase de hombres nueva pero antigua al mismo tiempo, ociosa pero científica y cuyo foco de atención y curiosidad se trasladaría desde las cuestiones apriorísticas hasta las experimentales— que la inversión de capital cobraría la importancia que ha venido teniendo hasta el día de hoy. Con la revolución industrial el ser humano entraría en una nueva fase de su historia caracterizada por la creación bruta de riqueza. La historia del capitalismo industrial podría relatarse así como la heroica travesía por la cual el hombre de ciencia llegó a dominar a la naturaleza. Una historia así tendría toda la épica de los viejos relatos míticos de Hesíodo o Sturluson. También tendría la misma dosis de irrealidad que aquellos. Una historia del capitalismo industrial haciendo referencia únicamente a los emprendedores que osaron apostar al caballo finalmente ganador de las locuras diseñadas por el hombre científico y tecnológico corre el serio peligro de falsear y silenciar a los perdedores colaterales de todos esos triunfos del "género humano".



