"Roussel definió, en cierto modo, su geometría. Abrió al lenguaje literario un extraño espacio, al que podría calificarse de lingüístico si no fuera su imagen invertida, su utilización soñadora, encantadora y mítica. Si se separa la obra de Roussel de este espacio (que es el nuestro) sólo se podrán reconocer en él las maravillas azarosas de los absurdo o las florituras barrocas de un lenguaje esotérico que querría decir «otra cosa». Si se lo remplaza, por el contrario, Roussel aparece tal como él mismo se definió: como el inventor de un lenguaje que sólo se dice a sí mismo, de un lenguaje absolutamente simple en su ser redoblado, de un lenguaje del lenguaje, que encierra su propio sol en su flaqueza soberana y central."
Las vidas de Bach, Van Gogh, Poe, Melville, Monet o Modigliani, entre tantísimos otros, ilustran la imagen, tan sugerente y evocadora entre el gran público, del artista incomprendido, injustamente tratado por la crítica, exiliado del reino de los favores del gran público. Grandes poetas, novelistas, pintores, escultores o músicos que no escaparon a esta idea del genio, triunfador frente a la posteridad, pero alimentado de las sombras —y por las sobras— del espíritu de la época que les vio nacer. Personajes que terminan siendo rescatados por la nueva generación, alcanzando el reconocimiento que les fue negado con anterioridad durante el apogeo de su producción y, por ello mismo, alcanzando el reconocimiento demasiado tarde.

