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miércoles, 8 de octubre de 2014

(1714) Gottfried Wilhelm Leibniz - Monadología



(Reseña publicada originalmente en Goodreads el 19 de septiembre de 2014)


Obra cumbre del racionalismo post-cartesiano, la "Monadología" de Leibniz constituye posiblemente el último gran proyecto antes de Kant para dar una imagen definitiva de la estructura de la realidad. Y es que en esta "ciencia de la unidad" el filósofo alemán se propone sentar las bases con las que resolver problemas enquistados como el cartesiano de las dos substancias, el problema del mal en el mundo o el de la generación (y destrucción) de la vida, por citar solo algunos ejemplos. Naturalmente, se trata de un "sentar las bases" y no de un "resolver" en la medida en que 90 párrafos dan de sí lo que dan de sí, valga la tautología. Sin duda, la extensión del libro es uno de los puntos fuertes y al mismo tiempo débiles de la obra. Fuerte porque es capaz de ofrecer una imagen sintética y al mismo tiempo veraz de la filosofía leibniziana. Y débil porque esa síntesis, al ser expuesta desde las alturas, ofrece en muchos momentos esquemas de argumento más que argumentaciones propiamente dichas.

A veces, a los filósofos actuales el enfrentarse a un filósofo de la tradición suele traerles como consecuencia el leve y sardónico levantamiento de una ceja, casi como si se trataran de forenses ante la imagen de un cuerpo cuya causa de muerte aparente parece ser la de asesinato por ahorcamiento. Y si se trata de uno de los grandes filósofos racionalistas, ya sea medievales o modernos, aún con más razón. Esto se debe en parte al descrédito en el que se sumió la metafísica durante el siglo pasado (y que en gran parte de la academia sigue perviviendo hoy en día, fruto de concepciones heredadas más o menos aceptadas tácitamente, no obstante, largo tiempo superadas explícitamente). Pero también, y esta vez creo que con razón, este recelo tiene su origen en la divergencia del aparato conceptual usado por los filósofos de una época y el usado por los filósofos de otra, a saber, la nuestra. No es ya sólo que adentrarse en la filosofía de un autor de otra época supone casi aprender los rudimentos de un lenguaje nuevo (afortunadamente la imagen no es tan drástica, pues los conceptos se transmiten por medio de la tradición, y esto permite que la variabilidad del "idioma" filosófico no sea tan grande), sino es, sobre todo, el hecho de que muchas de las dicotomías, distinciones y definiciones conceptuales han variado tanto que en muchos casos resulta obsceno el seguimiento "serio" de una determinada argumentación. Verbigracia, y aunque quizá no sea el mejor ejemplo, la distinción leibniziana entre verdades de hecho y verdades de razón, distinción que a un seguidor de Quine le impide seguir la disertación del argumentario leibniziano sin ejercer, a su vez, un acto de suprema condescendencia intelectual. Sin embargo, salvados los escollos iniciales, también es cierto, leer a los autores clásicos suele ser un ejercicio muy recomendable.

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