"En lo que hoy conocemos como estado totalitario, o estado militar, lo anterior resulta fácil. Es cuestión simplemente de blandir una porra sobre las cabezas de los individuos, y, si se apartan del camino trazado, golpearles sin piedad. Pero si la sociedad ha acabado siendo más libre y democrática, se pierde aquella capacidad, por lo que hay que dirigir la atención a las técnicas de propaganda. La lógica es clara y sencilla: la propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al estado totalitario."
Noam Chomsky
Cuando Orwell pensaba que en el futuro viviríamos bajo el observatorio de un panóptico, de un gran hermano que todo lo ve y lo sabe, no andaba nada desencaminado. Tampoco le andaba a la zaga el bueno de Huxley cuando pronosticaba el desarrollo de una droga, el soma, que embotaría nuestros sentidos y nos trasladaría al reino del placer sin turbulencias ni peajes. Por supuesto, los mundos imaginados por ambos autores se diferencian del nuestro en no pocos detalles. Pero igualmente no son pocos los puntos en común de nuestra realidad con aquellos mundos de pesadilla. Lo cierto es que hay tantos motivos para enorgullecerse del presente como para echarse a temblar por él, por más que en determinados momentos nos dejemos llevar por el sesgo de la desesperación o de la euforia. Quizá en ello consista toda realidad: en una suerte de intersección entre la utopía y la distopía, en un lugar, recóndito y peligroso, donde nuestros conceptos tiemblan hasta el límite de la deformación estructural. De ser así, solo quedarían dos opciones: reelaborarlos o quedarse de brazos cruzados. Puesto que la segunda opción no puede variar el curso de acción presente, solo la primera puede estar en condiciones de alterar las cosas. Y esa es la opción que toman Chomsky y Ramonet en este libro.

