(Reseña publicada originalmente en Goodreads el 21 de septiembre de 2014)
Primer libro que leo de Robert A. Heinlein, responsable de que la ciencia ficción mutara de género menor, abocado a publicaciones pulp y reducida difusión, a género con todas las letras y legitimidad sobradamente contrastada. Y la verdad es que me ha gustado bastante. Ya iba siendo hora de que le hincara el diente al bueno de Heinlein.
"Puerta al verano" nos narra las peripecias de un inventor especializado en robótica en un mundo ambientado en un doble futuro, 1970 y 2000, respecto a la publicación de la novela y que, simétricamente, será percibido por el lector actual como un doble pasado. Es ésta una novela, por ello, que se puede leer con una doble perspectiva: la de quien se adentra en el punto de vista del escritor e interpreta la ambientación por él creada como un breviario de su actitud ante la vida y el futuro, denotando su optimismo o pesimismo en la humanidad, y, paralelamente, como un opúsculo de profecías fallidas. Naturalmente, cualquiera de los dos enfoques suponen capar la novela y, en sentido estricto, lo que hay que hacer es dejarse llevar por la abundante imaginación de Heinlein. Pero si asumimos el primero encontramos en el autor norteamericano una cierta ambigüedad respecto al devenir humano y a la noción de progreso. Por un lado se nos presenta un país asolado por la guerra atómica cuya capital ha dejado de ser Washington DC y con una contaminación galopante que dificulta el pleno desarrollo de la vida (esa dichosa huminiebla). Pero al mismo tiempo se pone en manos de la misma ciencia y tecnología los medios para placar, amortiguar y, finalmente, soslayar los efectos de la débil condición moral humana. En Heinlein tenemos el típico caso de pesimismo antropológico neutralizado por una valoración de la ciencia que, en último término, no deja de ser optimista y redentora de todos los problemas.