"Pero en la medida en que el sujeto es artista, está redimido ya de su voluntad individual y se ha convertido, por así decirlo, en un medium a través del cual el único sujeto verdaderamente existente festeja su redención en la apariencia. Pues tiene que quedar claro sobre todo, para humillación y exaltación nuestras, que la comedia entera del arte no es representada en modo alguno para nosotros, con la finalidad tal vez de mejorarnos y formarnos, más aún, que tampoco somos nosotros los auténticos creadores de ese mundo de arte: lo que sí nos es lícito suponer de nosotros mismos es que para el verdadero creador de ese mundo somos imágenes y proyecciones artísticas, y que nuestra suprema dignidad la tenemos en significar obras de arte —pues sólo como fenómeno estético están eternamente justificados la existencia y el mundo— mientras que, ciertamente, nuestra consciencia acerca de ese significado nuestro apenas es distinta de la que unos guerreros pintados sobre un lienzo tienen de la batalla representada en el mismo."
Mucho antes de que Nietzsche se convirtiera en el azote de la moral, y mucho antes de que hiciera bajar a Zaratustra de las montañas para que nos zarandeara y nos diera un par de sopapos, el filósofo alemán ya era el enfant terrible de la filología clásica. Con apenas 25 años le dieron un puesto de profesor titular en la universidad de Basilea y, poco después, le dieron el título de doctor sin necesidad de hacer disertación ni presentar trabajo alguno. Lejos de ser prebendas, estas distinciones fueron fruto de las originales investigaciones del joven Nietzsche. Una de ellas ponía de manifiesto que el ritmo en la métrica de los poemas griegos antiguos estaba en función solamente de la extensión silábica de los versos y no, como en nuestros sistemas actuales, también de la acentuación. En cualquier caso, esta clase de trabajos no centraban la atención del talentoso chico. Unos años antes había descubierto a Schopenhauer. Y fue un amor a simple vista. La lectura de El mundo como voluntad y representación le marcaría muy profundamente. También el contacto con Richard Wagner influiría en su concepción trágica de la vida. Precisamente sería esta concepción de la vida la que marcará el contenido de su primera obra importante: El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música. Gracias a este libro, consiguió enemistarse intelectualmente con las principales luminarias filológicas de la época, colegas de profesión y compañeros de universidad. Fue en 1879 cuando abandonaría su puesto de profesor por problemas de salud, abrazando entonces la vida del librepensador solitario y apátrida, pero ya había acontecido mucho antes su alejamiento de la disciplina.

