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martes, 4 de noviembre de 2014

(1987) Paul Auster - El País de las últimas cosas




"Lo que realmente me asombra no es que todo se esté derrumbando, sino la gran cantidad de cosas que todavía siguen en pie. Se necesita un tiempo muy largo para que un mundo desaparezca, mucho más de lo que puedas llegar a imaginar. Continuamos viviendo nuestras vidas y cada uno de nosotros sigue siendo testigo de su propio y pequeño drama. Es cierto que ya no hay colegios, es cierto que la última película se exhibió hace más de cinco años, es cierto que el vino escasea tanto que sólo los ricos pueden permitirse el lujo de beberlo. Pero, ¿es eso a lo que llamamos vida? Dejemos que todo se derrumbe y, luego, veamos qué queda. Tal vez ésta sea la cuestión más interesante de todas: saber qué ocurriría si no quedara nada y si, aún así, sobreviviríamos."

Tryno Maldonado dijo una vez que conforme se crece como lector, Paul Auster se convierte en un gusto culposo. No sé si la situación es análoga a la de aquel que consume coca-cola, porque yo de hecho no lo hago —mis manos aún no están manchadas de sangre—, pero creo entender a qué se refiere. Paul Auster es un escritor cuya calidad es constantemente objeto de debate. Es más, es un escritor cuya calidad es objeto de debate incluso cuando no se le ha leído. Para bien o para mal, cuestionar la valía del escritor neoyorquino es un lugar común, un tópico.

miércoles, 8 de octubre de 2014

(1992) Paul Auster - Leviatán



(Reseña publicada originalmente en Goodreads el 24 de agosto de 2014)


Siempre había pensado de Paul Auster que era un autor sobrevalorado, hinchado miserablemente por sus fieles acólitos tanto en prensa como entre el público. Me imaginaba a esos seres como ex-fumadores que llevan una pipa sin tabaco en la boca, rememorando sus salvajes tiempos de juventud. Bebiendo café descafeinado en una taza de cerámica en Starbucks mientras miran taciturnos el tráfico y piensan si hoy será ese día en que encontrarán un trozo de papel en el suelo con la dirección de la persona que cambiará sus vidas. Me los imaginaba vestidos con chaquetas de pana y coderas, bufandas de material no sintético y gafas sin graduación. Pero también con gorros acolchados y abrigos que llegan hasta los tobillos. En resumen, me imaginaba a los lectores de los libros de Paul Auster como un poco parecen ser los propios personajes de las novelas de Paul Auster: sin saber a qué se dedican, cómo se ganan la vida... con ese aura que ciertas personas desprenden y que llevan a las personas de buen vivir a decir aquello de: "la criatura va hecha unos zorros". A decir verdad, mi concepto de los lectores de Paul Auster no era muy bueno. Como todos mis prejuicios, era exagerado. Ridícula y desproporcionadamente exagerado. Ahora sé, tras leer "Leviatán", que se puede ser fan de Paul Auster y ser testigo de cómo la gente no se cambia de acera a tu paso.

Por supuesto, todo esto no son más que un cúmulo de tonterías. De Paul Auster yo ya había leído "La música del Azar", obra que me fascinó por la deriva absolutamente desconcertante de libro de carretera a condena kakfiana. También vagabundeé por "La ciudad de cristal", primera parte de su trilogía de Nueva York, aunque éste no me dejó un recuerdo tan brillante como aquel. No era nuevo en los mundos de Auster, no. Sin embargo, yo seguía intentado encontrar esa obra sobredimensionada, ese pequeño montón de ponzoña suyo que me permitiera decir con la convicción de los líderes exaltados, de los pastores religiosos o de los inspectores de hacienda que se toman en serio su trabajo aquello de "paja y nada más que paja". Y en esas me encontré Leviatán de Paul Auster en el suelo con una nota que decía: "Léeme". Y mi vida cambió.

Cof, cof.

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