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lunes, 24 de noviembre de 2014

(1930) William Faulkner - Mientras Agonizo


Faulkner "As I lay Dying" clásico


"Cuando el niño nació, comprendí que la palabra «maternidad» ha tenido que ser inventada por alguien que, por lo que fuera, la precisaba para el caso; y que a los que de verdad han tenido hijos, nunca se les ha podido ocurrir preocuparse de si esa palabra existía o dejaba de existir. Comprendí que la palabra «miedo» ha tenido que ser inventada por alguien que jamás lo ha pasado, y la palabra «orgullo», por alguien que nunca lo ha sentido. Comprendí que lo malo era, no ya que fueran a meter sus puercas narices en todo, sino que tendríamos que cruzar unas palabras que son como esas arañas que se descuelgan, por el hilo que sueltan por la boca, desde el techo, y que se balancean sin llegar a tocarse. Comprendí que, solo cuando la hiciera saltar a latigazos, podría su sangre confundirse con la mía en un torrente único."

Es difícil escribir una reseña que no resulte un poco absurda cuando uno trata de analizar uno de los grandes clásicos de la literatura universal. Parece que solo se pudiera optar por una de dos opciones: O rendirse a la irrefutable evidencia o atrincherarse en las barricadas de la obstinación; o arrodillarse e implorar un patético «¡todos ustedes estaban en lo cierto!» o afirmar con el convencimiento del integrista haber encontrado puerilidad donde los demás entrevieron deslumbrante genio. Aduladores que caen en la trivialidad contra negacionistas con alma de alquimistas. Por supuesto, existe una tercera opción: la de aquel que justifica una opinión intermedia tomando como base las bondades universalmente vistas por la tradición, al mismo tiempo que introduce —con la aparente inocencia del niño que en realidad actúa pérfidamente con arreglo a evitar las consecuencias de sus malas acciones—, una migaja de duda escéptica, un amago de relamerse los labios mirando al tendido mientras se tira un pedo, un prurito inalcanzable: "el libro... uf, buenísimo, de verdad... pero no me ha terminado de convencer, tiene un algo... un no sé qué que... no termina de cerrar... un poco aburrido quizá". Éstos son los peores, porque aparte de que intentan postergar lo inevitable, su juicio más íntimo, intentan quedar bien con los dos bandos, satisfaciendo a cada uno en lo suyo. Son los diplomáticos de la cultura: gente con hechuras de capitán de barco o quaterback, pero también de hombre de Estado, con altitud de miras, que saltan como plusmarquistas olímpicos a través de todas las contradicciones. Son los peores porque no son creíbles a pesar de su calculada equidistancia. En la medida en que intentan ocultar o restar importancia a su sentimiento más profundo respecto a la novela —que les resultó aburrida—, no solo minusvaloran su propia sensibilidad, sino que se sitúan en la más profunda de las contradicciones. Pues, ¿acaso hay algo más absurdo que reconocer los valores de una obra y considerarla aburrida al mismo tiempo? Vamos, piénsenlo, piénsenlo. ¡Ea! ¡Ea!

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