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miércoles, 13 de mayo de 2015

(1880) Émile Zola - Nana

Naturalismo, prostitución, Muffat, Nana, Zizí, Georges Hugon, Héctor de la Faloise, Steiner,


"Aquello era sofocante; las cabelleras se aplastaban contra las cabezas sudadas. Desde hacía tres horas que permanecían allí, y el aliento había caldeado el aire con un olor humano. A los reflejos del gas, los polvillos en suspensión se condensaban, inmóviles, bajo la lámpara. La sala entera vacilaba, se deslizaba en un vértigo, laxa y excitada, cogida en esos deseos adormecidos de medianoche que balbucean en el fondo de las alcobas. Y Nana, frente a aquel público subyugado, a aquellas mil quinientas personas hacinadas, ahogadas en el abatimiento y el desorden nervioso de un final de espectáculo, permanecía victoriosa con su carne de mármol y con su sexo, cuya fuerza podía destruir a toda aquella gente sin que se la atacase a ella."

Segunda mitad de los años 60 del siglo XIX, últimos años del Segundo Imperio. Francia ha salido escaldada de la guerra contra México pero ya planea la contienda contra Prusia. Bismarck, ese impertinente, es el enemigo a batir. La victoria sobre él sanará las heridas y restituirá la maltrecha moral nacional. La guerra no tardará en producirse y la derrota será dolorosísima. Tanto, que será la sentencia de muerte del imperio. Tras él vendrá la Tercera República y bajo su inicial desamparo, la experiencia socialista emergerá de las profundidades de la sociedad para gobernar París unos cuantos meses. Pero todo eso aún no es más que un futuro contingente, una sucesión de acontecimientos no consumados. Es el segundo lustro de los 60 y París vive ciega a su futuro. Sus clases acomodadas viven obnubiladas bajo el influjo de una espiral desenfrenada de lujo y goce. Sus oídos solo son capaces de oír un nombre: "Nana, Nana, Nana", repite el eco de las calles; "Nana, Nana, Nana" es el estribillo de la canción. Banqueros, marqueses, condes, periodistas... nadie escapa a su confitada melodía que, en lo más profundo de su ser, lleva escrita los compases de su propia autodestrucción.

martes, 7 de abril de 2015

(1885) Émile Zola - Germinal


Minas, proletariado, burguesía, lucha de clases, siglo XIX, revolución


"En la casa de los Maheu, en el número 16 del segundo cuerpo, no se había movido nadie. Espesas tinieblas envolvían la única habitación del primer piso, como abrumado bajo su peso el sueño de los seres que se adivinaban ahí, amontonados, con la boca abierta, destrozados por el cansancio. A pesar del frío intenso del exterior, el aire enrarecido tenía un calor vivo, ese aliento caluroso de los cuartos que huelen a ganado humano."

Con la llegada de la revolución industrial a mediados del siglo XVIII, la humanidad fue testigo de un aumento en la productividad que aún hoy en día no tiene parangón en la historia. La aplicación de los principios de la máquina de vapor, posteriormente sistematizados rigurosamente en la ciencia física de la termodinámica, llevó a que la aplicación de los novedosos descubrimientos tecnológicos incrementaran exponencialmente los rendimientos del trabajo, sí, pero sobre todo del capital. Y es que técnica ha existido siempre, pero la inversión en ella no siempre ha ofrecido réditos seguros. Más si cabe cuando la estructura de la producción de épocas pasadas se sustentaba en el factor trabajo a coste casi cero por medio de la esclavitud o la servidumbre. Solo sería a través de la confluencia de un conjunto de causas —entre las cuales pueden destacarse la importancia creciente de los nichos urbanos como favorecedores del comercio y, por tanto, de la acumulación de riqueza, el nacimiento de una incipiente clase social nueva producto del estado de cosas anterior y, en el seno de esta nueva clase social, o más bien en las interacciones entre esta nueva clase social, la burguesía, y la que anteriormente acaparaba las riquezas, la nobleza, el surgimiento de una clase de hombres nueva pero antigua al mismo tiempo, ociosa pero científica y cuyo foco de atención y curiosidad se trasladaría desde las cuestiones apriorísticas hasta las experimentales—  que la inversión de capital cobraría la importancia que ha venido teniendo hasta el día de hoy. Con la revolución industrial el ser humano entraría en una nueva fase de su historia caracterizada por la creación bruta de riqueza. La historia del capitalismo industrial podría relatarse así como la heroica travesía por la cual el hombre de ciencia llegó a dominar a la naturaleza. Una historia así tendría toda la épica de los viejos relatos míticos de Hesíodo o Sturluson. También tendría la misma dosis de irrealidad que aquellos. Una historia del capitalismo industrial haciendo referencia únicamente a los emprendedores que osaron apostar al caballo finalmente ganador de las locuras diseñadas por el hombre científico y tecnológico corre el serio peligro de falsear y silenciar a los perdedores colaterales de todos esos triunfos del "género humano".

lunes, 24 de noviembre de 2014

(1930) William Faulkner - Mientras Agonizo


Faulkner "As I lay Dying" clásico


"Cuando el niño nació, comprendí que la palabra «maternidad» ha tenido que ser inventada por alguien que, por lo que fuera, la precisaba para el caso; y que a los que de verdad han tenido hijos, nunca se les ha podido ocurrir preocuparse de si esa palabra existía o dejaba de existir. Comprendí que la palabra «miedo» ha tenido que ser inventada por alguien que jamás lo ha pasado, y la palabra «orgullo», por alguien que nunca lo ha sentido. Comprendí que lo malo era, no ya que fueran a meter sus puercas narices en todo, sino que tendríamos que cruzar unas palabras que son como esas arañas que se descuelgan, por el hilo que sueltan por la boca, desde el techo, y que se balancean sin llegar a tocarse. Comprendí que, solo cuando la hiciera saltar a latigazos, podría su sangre confundirse con la mía en un torrente único."

Es difícil escribir una reseña que no resulte un poco absurda cuando uno trata de analizar uno de los grandes clásicos de la literatura universal. Parece que solo se pudiera optar por una de dos opciones: O rendirse a la irrefutable evidencia o atrincherarse en las barricadas de la obstinación; o arrodillarse e implorar un patético «¡todos ustedes estaban en lo cierto!» o afirmar con el convencimiento del integrista haber encontrado puerilidad donde los demás entrevieron deslumbrante genio. Aduladores que caen en la trivialidad contra negacionistas con alma de alquimistas. Por supuesto, existe una tercera opción: la de aquel que justifica una opinión intermedia tomando como base las bondades universalmente vistas por la tradición, al mismo tiempo que introduce —con la aparente inocencia del niño que en realidad actúa pérfidamente con arreglo a evitar las consecuencias de sus malas acciones—, una migaja de duda escéptica, un amago de relamerse los labios mirando al tendido mientras se tira un pedo, un prurito inalcanzable: "el libro... uf, buenísimo, de verdad... pero no me ha terminado de convencer, tiene un algo... un no sé qué que... no termina de cerrar... un poco aburrido quizá". Éstos son los peores, porque aparte de que intentan postergar lo inevitable, su juicio más íntimo, intentan quedar bien con los dos bandos, satisfaciendo a cada uno en lo suyo. Son los diplomáticos de la cultura: gente con hechuras de capitán de barco o quaterback, pero también de hombre de Estado, con altitud de miras, que saltan como plusmarquistas olímpicos a través de todas las contradicciones. Son los peores porque no son creíbles a pesar de su calculada equidistancia. En la medida en que intentan ocultar o restar importancia a su sentimiento más profundo respecto a la novela —que les resultó aburrida—, no solo minusvaloran su propia sensibilidad, sino que se sitúan en la más profunda de las contradicciones. Pues, ¿acaso hay algo más absurdo que reconocer los valores de una obra y considerarla aburrida al mismo tiempo? Vamos, piénsenlo, piénsenlo. ¡Ea! ¡Ea!

miércoles, 19 de noviembre de 2014

(1791) Benjamin Franklin - Autobiografía y otros escritos


Autobiography Benjamin Franklin Independence Vegetariano


"Con frecuencia discutíamos porque la controversia nos gustaba y deseábamos enfrentarnos uno a otro con nuestros argumentos, cosa que, por cierto, puede convertirse en una mala costumbre y hacer a los que la tienen muy desagradables, porque siempre llevan la contraria. Además de servir para agriar cualquier conversación, dicho hábito da ocasión a disgustos y tal vez enemistades, en lugar de reforzar la amistad. Adquirí esta mala costumbre leyendo los libros de mi padre sobre polémicas religiosas. Las personas de buen juicio, según luego he podido apreciar, rara vez caen en el vicio de discutir salvo los abogados, los universitarios o los que se han criado en Edimburgo."

Político, activista, diplomático, inventor, científico, periodista, educador, filósofo... la verdad es que pocas vidas ha habido a lo largo de la historia mejor aprovechadas que la de Benjamin Franklin, al menos en lo referente a hacer acopio de méritos para pasar a la posteridad. A nada que uno bucee entre libros de historia, sean del tema que sean, tarde o temprano se lo encuentra uno mencionado. Fue una luminaria, una especie de hombre del renacimiento; un autodidacta, sin embargo, de vocación más práctica que artística, a diferencia de sus colegas polímatas dos siglos antes —con la excepción de Leonardo Da Vinci—. Y lo fue en el siglo que vería caer la viejas estructuras estamentales a ambos lados del atlántico, siendo protagonista destacado de esos mismos hechos. La presente Autobiografía y otros escritos, por tanto, es un documento valiosísimo que nos presenta de primera mano la peripecia vital de un hombre único, excepcional.

domingo, 2 de noviembre de 2014

(1872) Fiódor M. Dostoievski - Los Demonios




"Y le preguntó Jesús, diciendo: ¿Cómo te llamas? Y él dijo: Legión. Porque muchos demonios habían entrado en él. Y le rogaban que no los mandase ir al abismo. Había allí un hato de muchos cerdos que pacían en el monte; y le rogaron que los dejase entrar en ellos; y les dio permiso. Y los demonios, salidos del hombre, entraron en los cerdos; y el hato se precipitó por un despeñadero al lago, y se ahogó. Y los que apacentaban los cerdos, cuando vieron lo que había acontecido, huyeron, y yendo dieron aviso en la ciudad y por los campos. Y salieron a ver lo que había sucedido; y vinieron a Jesús, y hallaron al hombre de quien habían salido los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido, y en su cabal juicio; y tuvieron miedo. Y los que lo habían visto, les contaron cómo había sido salvado el endemoniado."
Lucas 8:30–36

Cuando en 1866 un Dostoievski asolado por las deudas tuvo que recurrir a los servicios de una taquígrafa para redactar en tan solo 26 días la novela El Jugador, saldando con ello una obligación cuya multa lo hubiera despojado de todo su patrimonio literario en beneficio de sus acreedores, seguramente no barruntaba la posibilidad de que esa muchacha de mirada inquisitiva podría llegar a convertirse en su esposa. O tal vez sí, y demasiado bien quizá, pues apenas redactado el libro, se casaron solo unos meses más tarde, en febrero de 1867. Dostoievski, entonces, prometió a su esposa un viaje por Europa, cuna de las nuevas ideas, con toda la pompa y el lujo que solo el convencimiento del apostante y la credulidad de la enamorada eran capaces de justificar en virtud de los ingresos efectivos del nuevo hogar. El viaje se prolongó cuatro años, durante los cuales el matrimonio tuvo que sobreponerse al fallecimiento de su primogénita Sonia apenas tres meses después de su nacimiento. Ni que decir tiene que las condiciones económicas no fueron las prometidas y, en palabras de Anna Grigórievna Snítkina, vivieron en "relativa pobreza" durante todo ese tiempo. Sin embargo, y a pesar de la adversidad, el matrimonio permaneció unido, dando como frutos otros dos vástagos. En 1869, y tras la publicación de El Idiota, el matrimonio recibiría en Dresde la visita de Snitkin, hermano de Anna, y sería entonces cuando propiamente comenzaría la historia de la redacción de "Los Demonios".

martes, 28 de octubre de 2014

(-395 aprox.) Platón - Apología de Sócrates




"A mí, que ya soy viejo y ando algo torpe, me ha pillado la muerte, mientras que mis acusadores, que aún son jóvenes y ágiles, van a ser atrapados por la maldad. Yo voy a salir de aquí condenado a muerte por vuestro voto, pero vosotros marcharéis llenos de maldad y vileza, acusados por la verdad. Yo me atengo a mi condena, pero vosotros deberéis soportar también la vuestra. Tal vez así tenían que suceder las cosas; y pienso que así están bien, tal como están."

Se cuenta que la muerte de Sócrates (-398) dejó un fuerte poso de amargura e indignación en la figura de Platón, que por aquel entonces contaba con 28 años y pasaba por ser uno de los fieles discípulos del pensador ateniense. Todo el proceso judicial estuvo contaminado con un aroma a podredumbre legal, de estiramiento hasta el límite de lo obsceno de los supuestos de hecho para hacer subsumir la conducta de Sócrates bajo cargos punibles.

miércoles, 8 de octubre de 2014

(1959) Robert A. Heinlein - Starship Troopers



(Reseña publicada originalmente en Goodreads el 26 de septiembre de 2014)


Finalmente he hecho acopio de valor y he salvado mis prejuicios respecto a este libro basados en una deplorable adaptación cinematográfica y un más que supuesto derechismo pululante por sus páginas, según afirman los entendidos. Pero tras haberme leído la novela, puedo decir que me ha gustado. Es un buen libro.

"Starship Troopers" es ante todo una narración acerca de la vida en el ejército, esa institución de la que Heinlein se consideraba un enamorado y que para el gran público es el gran desconocido. ¿Cómo funciona el ejército? ¿Cuáles son sus valores? Naturalmente esta es una novela de ciencia ficción que está ambientada en el siglo XXIII, pero la imagen que nos presenta Heinlein es bastante realista, al menos todo lo realista que un cuerpo tan hermético como el ejército pueda llegar a posibilitar. Aquí no hay lugar para ese romanticismo de batallas gloriosas y héroes legendarios que igual alguno habría imaginado encontrar. Por el contrario, la imagen que nos presenta Heinlein es cruda y descarnada, especialmente en la fase del adiestramiento. Los soldados se ven sometidos a verdaderas pruebas de carácter, tanto en lo físico como en lo psicológico. Por momentos llega a resultar desagradable y es inevitable pensar en "La chaqueta metálica" (aunque la referencia es fallida; tanto la peli de Kubrick como el libro en el que está basada son posteriores).

(1714) Gottfried Wilhelm Leibniz - Monadología



(Reseña publicada originalmente en Goodreads el 19 de septiembre de 2014)


Obra cumbre del racionalismo post-cartesiano, la "Monadología" de Leibniz constituye posiblemente el último gran proyecto antes de Kant para dar una imagen definitiva de la estructura de la realidad. Y es que en esta "ciencia de la unidad" el filósofo alemán se propone sentar las bases con las que resolver problemas enquistados como el cartesiano de las dos substancias, el problema del mal en el mundo o el de la generación (y destrucción) de la vida, por citar solo algunos ejemplos. Naturalmente, se trata de un "sentar las bases" y no de un "resolver" en la medida en que 90 párrafos dan de sí lo que dan de sí, valga la tautología. Sin duda, la extensión del libro es uno de los puntos fuertes y al mismo tiempo débiles de la obra. Fuerte porque es capaz de ofrecer una imagen sintética y al mismo tiempo veraz de la filosofía leibniziana. Y débil porque esa síntesis, al ser expuesta desde las alturas, ofrece en muchos momentos esquemas de argumento más que argumentaciones propiamente dichas.

A veces, a los filósofos actuales el enfrentarse a un filósofo de la tradición suele traerles como consecuencia el leve y sardónico levantamiento de una ceja, casi como si se trataran de forenses ante la imagen de un cuerpo cuya causa de muerte aparente parece ser la de asesinato por ahorcamiento. Y si se trata de uno de los grandes filósofos racionalistas, ya sea medievales o modernos, aún con más razón. Esto se debe en parte al descrédito en el que se sumió la metafísica durante el siglo pasado (y que en gran parte de la academia sigue perviviendo hoy en día, fruto de concepciones heredadas más o menos aceptadas tácitamente, no obstante, largo tiempo superadas explícitamente). Pero también, y esta vez creo que con razón, este recelo tiene su origen en la divergencia del aparato conceptual usado por los filósofos de una época y el usado por los filósofos de otra, a saber, la nuestra. No es ya sólo que adentrarse en la filosofía de un autor de otra época supone casi aprender los rudimentos de un lenguaje nuevo (afortunadamente la imagen no es tan drástica, pues los conceptos se transmiten por medio de la tradición, y esto permite que la variabilidad del "idioma" filosófico no sea tan grande), sino es, sobre todo, el hecho de que muchas de las dicotomías, distinciones y definiciones conceptuales han variado tanto que en muchos casos resulta obsceno el seguimiento "serio" de una determinada argumentación. Verbigracia, y aunque quizá no sea el mejor ejemplo, la distinción leibniziana entre verdades de hecho y verdades de razón, distinción que a un seguidor de Quine le impide seguir la disertación del argumentario leibniziano sin ejercer, a su vez, un acto de suprema condescendencia intelectual. Sin embargo, salvados los escollos iniciales, también es cierto, leer a los autores clásicos suele ser un ejercicio muy recomendable.

(1961) Stanisław Lem - Solaris



(Reseña publicada originalmente en Goodreads el 18 de julio de 2014)


Planeta plasmático distante años/luz de la Tierra y presunta conciencia con poderes causales suficientes tanto para observar las leyes naturales como para corregirlas, "Solaris" es ante todo un puzzle fascinante. Un puzzle en torno al cual se erigirá toda una disciplina científica, que no será sino una disciplina de disciplinas. La solarística -ese complejo entramado de matemáticas, psicobiología, fisiología, mecánica celeste, filosofía, mecánica cuántica y cuanta rama del saber pueda imaginarse- vertebrará todos los campos del saber como si de un faro lo mismo que una torre de Babel guiando al conocimiento humano se tratase. Esa capacidad para ordenar y estructurar toda empresa epistémica humana, tan afín a la vieja escolástica medieval, no será, sin embargo, sino el pálido y descorazonador reflejo del escaso avance conseguido en la materia. Décadas de estudios cuyo valor solo puede ser medido por las infinitas páginas de hojarasca supersticiosa, habitualmente. Pues la solarística es al mismo tiempo nicho y refugio de los científicos más geniales como morada de los más sueltos de los charlatanes. La escasez de resultados concretos y la ausencia de criterios de demarcación efectivos harán posible una coexistencia imposible entre luminarias e iluminados. Coexistencia, sin embargo, que un estudio más atento tira por el suelo. Pues es imposible discriminar, excepto incurriendo en petición de principio, entre estrellas científicas y estrellados paracientíficos, pues las categorías aplicables se muestran inútiles en un planeta que viola todas las convenciones explicativas por cuanto viola todas nuestras categorías precientíficas y postcientíficas. En ese sentido, "Solaris" funciona como una especie de experimento mental para el lector atento, que verá en él un contraejemplo de aquella presunta racionalidad presente en todo fenómeno de la naturaleza y servirá, al mismo tiempo, como confirmación de que plausibilidad no es equivalente a cognoscibilidad; de que todo lo existente no es un conjunto coextensivo de todo lo comprensible y entendible. Claro está, semejante planteamiento dispensará a la fe un lugar de privilegio en tanto que fenómeno asociado a nuestras prácticas explicativas, pues aparecerá allí no donde no se encuentra una explicación satisfactoria, sino donde parece no residir ninguna explicación posible. Fe en la divinidad inmanente e imperfecta; esa es la premisa no revelada de la escolástica solarística. Su talón de Aquiles en suma.

(1940) Arthur Koestler - El cero y el infinito



(Reseña publicada originalmente en Goodreads el 16 de julio de 2014)


Uno de los momentos más oscuros que vivió la URSS en toda su historia fue la gran purga ideológica a la que se sometió al partido y el ejército a finales de los años 30. Los procesos de Moscú fueron su materialización ante una audiencia absolutamente convencida de la necesidad de extirpar los elementos discordantes, ideológicamente hablando, con el fin de preservar la revolución. Estas pantomimas cuidadosamente representadas con la apariencia de objetivos e imparciales juicios, pusieron sobre la picota a miles de hombres y mujeres que, veinte años antes, habían sido encumbrados como héroes de la revolución por aquella abstracción que ahora tornaba inmisericorde y les arrebataba todo honor y toda gloria. Me refiero al Partido; lo que en aquellos años era sinónimo de Stalin.

"El cero y el infinito" fue la primera novela que se aventuró a elucubrar sobre estos hechos. Publicada en 1940, Arthur Koestler dibuja lo que pudo ser la psicología de uno de aquellos tantos presos políticos. Héroes de la revolución y perseverantes obreros en pos del afianzamiento de la misma que, sin embargo, debido a discrepancias con la línea ideológica oficial -a veces explícitas, aunque casi siempre tácitas y veladas, la mayoría de las veces insignificantes y vacuas- serían castigados y ejecutados por ello. Koestler rastrea las consecuencias de este hecho y ofrece un panorama desolador: el de un partido y unas estructuras burocráticas devorándose a sí mismas por la histeria y la psicosis generadas por el miedo a que sus componentes últimos, los individuos, sean tachados de contrarrevolucionarios. De modo que todo atisbo de pensamiento original, ingenioso o irónico, como casos límite, eran susceptibles de ser pasados por la fresadora del pensamiento único. La inquina y el recelo se convertirán en la costumbre habitual y la hegemonía del terror, la norma.

(1930) José Ortega y Gasset - La rebelión de las masas



(Reseña publicada originalmente en Goodreads el 1 de julio de 2014)


Es el presente ensayo un intento por definir desde una perspectiva antropológica en qué consistió la deriva en la que se sumió Europa en el periodo de entreguerras. Una época que vio emerger la Unión Soviética de Stalin, la Italia de Mussolini o la Alemania del nacional-socialismo. Una época cuyo signo, según Ortega, fue la desmoralización del continente. Desmoralización que abarcó todas las esferas, pero que tiene en la figura del hombre-masa, su retrato más representativo. Y a describirlo dedica el filósofo español toda la primera parte de este libro.

Comienza Ortega constatando los hechos sobre los que cimentará su análisis. El primero: la aglomeración de grandes multitudes como hecho diferencial básico en aquellos tiempos. La revolución industrial trajo consigo el que, en apenas cien años, la población europea se hubiere triplicado, fenómeno demográfico que no tenía parangón en toda la historia. El segundo: el alza en el nivel de vida. Esto es, en la calidad de vida producto del desarrollo científico y tecnológico. El tercero: como consecuencia de los dos anteriores, el surgimiento de la clase media. Sentadas las bases, Ortega procede a desgranar su análisis del hombre-masa.

(1921) Miguel de Unamuno - La tía Tula



(Reseña publicada originalmente en Goodreads el 28 de mayo de 2014)


"La Tía Tula" es una historia de amor sororal y sororicida con la que el autor de "San Manuel Bueno, Mártir" parece querer seguir indagando en los intersticios más recónditos de la moral católica de principios del siglo pasado.

Unamuno construye en la figura de Gertrudis, la tía Tula, un personaje allende todo confín de piedad y abnegación cristiana. O puede que, en vez de eso, lo que haga sea querer mostrar, mediante un personaje extremo, las condiciones de posibilidad de toda abnegación. Y Unamuno parece concluir que las mismas no son sino el miedo y la voluntad de autoafirmación. Se abstiene porque odia, y odia porque teme la impureza y la brutalidad, como en su misandría. Tula se sacrifica, lo da todo por lo demás, es el pilar maestro de su familia sino su arquitecto jefe, pero también juzga, manipula y es vanidosa. Hace y deshace, y en ese hacer y deshacer se gana tanto la santidad como el oprobio del lector. No hay términos medios.

(1930) Miguel de Unamuno - San Manuel Bueno, Mártir



(Reseña publicada originalmente en Goodreads el 18 de mayo de 2014)


Desgarradura vital la que somete Unamuno a sus lectores en esta breve pero intensa novela en la que se nos cuenta, a través de las memorias de una de sus feligresas, la vida de un párroco que, años después de fallecer, se encuentra en proceso de beatificación. Esta desgarradura se produce, sobre todo, por mediación de dos factores.

En primer lugar por la ambientación. Un pueblo, un lago, un monte... bosquejo esquemático de un paisaje desolador en el que parece ser el último lugar en el que se fijó Dios durante las horas extra de la creación. Pero al mismo tiempo metáfora de la España profunda, rural, analfabeta y brutal. Un lugar en el que Miguel Bueno obró de tal manera que la beatificación es posible.

(1914) Miguel de Unamuno - Niebla



(Publicado en Goodreads originalmente el 17 de mayo de 2014)


Esta "nivola", en palabras del personaje de Víctor Goti y del propio Unamuno, es una de las novelas más sorprendentes y frescas de toda la literatura española. Y se publicó hace 100 años ya. "Niebla" es, ante todo, un ejercicio vanguardista de primera magnitud. En ella se dan la mano la libertad artística más radical y la rebeldía ante toda metafísica convencional para poner sobre el tablero una historia de reflejos especulares y patrones fractales imposibles con el fin de diluir la diferencia entre realidad y ficción, y que encuentra en películas o libros actuales como "Stranger than Fiction" o "Redshirts" sus herederos naturales.

Porque escrito con todos los ademanes y aspavientos de la comedia, "Niebla" está estructurada como una tragedia, si acaso una tragedia metafísica. Pero decir de ella que es una tragicomedia es quedarse corto. Unamuno rompe todas las convenciones y les da nueva forma. Anuncia la llegada de una nueva literatura, con un ojo en Proust pero el otro en Cervantes.

(1516) Thomas More - Utopía



(Reseña publicada originalmente en Goodreads el 5 de mayo de 2014)


Éste es uno de esos libros que todo el mundo conoce y que nadie lee. Como El Quijote, la Biblia o las memorias de Belén Estebán. En realidad miento: nadie lee otra cosa que no sean las memorias de Belén Esteban en este país. La nefasta culturización de la sociedad a pesar de los medios técnicos con los que contamos es uno de nuestros problemas como sociedad. Los problemas de la sociedad de Thomas More eran otros y uno de los objetivos de "Utopía" es denunciarlos. Soterrada y disimuladamente eso sí.

Porque si algo hace el propio personaje de Thomas More durante el libro es erigirse como abogado del diablo, esto es, del orden imperante en su época. Orden que no tardaría en condenarle y asesinarle, pero ése ya es otro tema), aunque finalmente acabe por admitir las bondades del relato que su contertulio, aventurero y compañero de Américo Vespucio, tiene que contarle sobre Utopía.

(1922) Sinclair Lewis - Babbitt



(Reseña publicada originalmente en Goodreads el 2 de mayo de 2014)


Notable documento sociológico y excelente retrato psicológico, Babbitt nos presenta las inquietudes y contradicciones de George F. Babbitt, epítome del blanco, conservador, protestante, bienpensante y emprendedor hecho a sí mismo en una de esas ciudades del medio oeste americano, la ficticia Zenith, que empezaban a erigirse, a principios del siglo XX, como prósperas metrópolis al amparo del capitalismo financiero y tecnológico tras un pasado provinciano.

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