"En un sistema dictatorial como el franquismo, la corrupción es un elemento estructural que, amparado por el poder, tiende a ser ocultado y desmentido, con la complicidad de los medios de comunicación supeditados al poder político. En estas condiciones la percepción por parte de los ciudadanos de los fenómenos de corrupción tiende a ser menor. Se llega a dar la paradoja de que muchos ciudadanos añoran los tiempos de la dictadura como tiempos de orden en los que no pasaban estas cosas. Por ello, es necesario dejar claro desde el principio que los niveles de corrupción económica durante el franquismo no tienen parangón ni comparación con la experiencia, lamentable sin duda, vivida en los últimos años."
Conviene tener presente, hoy más que nunca, estas palabras de Carlos Barciela citadas por boca de Mariano Sánchez Soler. Hoy, cuando parece que no puede haber un solo caso más de corrupción en los medios, cuando éstos emergen a la superficie cual burbujeante torrente de mierda, conviene tener presente esas líneas. Porque nos recuerdan dos cosas que no deberíamos cometer el error de llegar a olvidar jamás. La primera, que una cosa es la corrupción cometida y otra muy distinta la corrupción difundida. O, en otras palabras, que ojos que no ven, corazón que no siente, pero bolsillo que se resiente. Y en el franquismo, desarrollismos al margen, los bolsillos de los españoles se resintieron un tanto. La segunda, de mayor importancia por alcance y profundidad, es que la indignación es un estado consustancial a la democracia, pues la existencia de aquella es un síntoma de la buena salud de ésta.


